ESCRITOS

El camino. El hombre tiene, por suerte, la generosidad de lanzarse por caminos en los que siente una sólida congruencia íntima. En materia estructural solemos proceder como si el campo de conocimiento estuviera completamente definido y bastara profundizar en lo ya conocido. Esto es falso en este campo de la técnica y seguramente en todos los demás. El tiempo que se gasta en reflexionar con la cabeza libre en los problemas que nos pone la realidad es demasiado menor que el empleado en seguir estudiando lo ya estudiado por otros. Si se nos presenta un camino interesante, debemos aventurarnos por él con medida confianza; eso es lo que hicieron los creadores de la técnica que tanto admiramos.

La arquitectura moderna. La arquitectura que llamamos Moderna surgió en países de desarrollo social, cultural y sobre todo industrial completamente distintos a los nuestros. Su repuesta a los problemas de esas sociedades me parece casi siempre incompleta; suele ser más adecuada desde el punto de vista tecnológico, pero adecuada para ellos, no siempre para nosotros.

La sorpresa. Como todo arte, la arquitectura nos ayuda a contemplar. La vida va gastando nuestra capacidad de sorpresa y la sorpresa es el principio de una visión verdadera del mundo.

La cerámica armada. Si tuviera que sintetizar lo que nos ha conducido en nuestra búsqueda, diría que es el valor resistente de la superficie como tal, lo que supone un cambio frente a la orientación que tuvo la construcción en los últimos tiempos, que tendió a buscar la resistencia de la nervadura, la viga o el arco.

Tradición. Nuestros métodos constructivos tienen mucho que ver con los tradicionales, los impone el material, pero tienen que ver sin copiarlos. Ésta es la manera de ser fieles al hilo profundo de la verdadera tradición, fuente siempre de lo revolucionario, en esto y en todo.

El espacio en arquitectura. La felicidad intensa que siento en las viejas ciudades de Europa y en sitios insospechados y poco conocidos, como por ejemplo la parte vieja de Panamá, se debe a que el espacio, esa cosa tan barata, ha sido manejado con sabiduría y con humanidad.

Sobre las grandes construcciones del pasado o del presente. Esas obras nos conmueven y atraen no sólo por sus dimensiones, su audacia o su finura constructiva, sino porque resultan misteriosamente expresivas y parecen abrirnos una suerte de camino interminable de compresión y comunión con el mundo. Para que esto suceda no debe haber nada gratuito o descuidado. Nada de descuido y despilfarro; sólo así se llega a conseguir lo que llamamos economía en un sentido cósmico, que supone acuerdo con ese inasible misterio que es el universo.

Economía. Una arquitectura sana no puede producirse sin un uso racional y económico de los materiales de construcción. Es preciso un empleo racional del esfuerzo humano y evitar el despilfarro de material, detrás del que, en definitiva, hay también esfuerzo humano. Lo contrario es simplemente una falta de adecuación de lo que se proyecta a la realidad total de un país. Una falta de modestia y de seriedad frente a sus problemas.

La gente sencilla ha dado históricamente más importancia a la belleza que a las primarias comodidades que obsesionan al mundo moderno. Tiene ese gusto que ya se transciende a sí mismo, pero también tiene cosas que valen mucho más: inocencia y un fresco apetito por los sabores del mundo.

Técnica y precisión. El saber que algo puede hacerse y cómo, es el primero y más grande paso. A quien pueda pensar que la insistencia en la precisión de formas y dimensiones es una suerte de manía y que esos errores no son percibidos por quienes han de usar la obra, habría que recordarle la maravilla de justeza, precisión y expresividad de los instrumentos de labranza y de las construcciones espontáneas, que fueron hechas por gente sencilla, con el gusto no pervertido por la seudocultura con que nos aturden los medios masivos de comunicación.

El fin. Una arquitectura con fuerte personalidad no ha sido nunca el resultado de proponérsela como fin. No es fácil tener una imagen clara del fin pero sí de los principios que han de informarlo. Por eso es un error radical lo de que ‘‘el fin justifica los medios’’. No sabemos cuál es; sabemos a qué deberá ser fiel. La productividad y la eficacia no son fines en sí mismos. El pleno logro del hombre sí.
 

OTROS ESCRITOS DEL AUTOR

Bóvedas gausas

La cerámica armada

La elección del ladrillo

Todos los escritos del autor fueron extraídos de: «Eladio Dieste, 1943-1996: métodos de cálculo», Dirección General de Arquitectura y Vivienda, Consejería de Obras Públicas y Transportes, Sevilla, Junta de Andalucía, 1996. Versión de abril de 1998. ISBN: 84-8095-060-9.
 

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